17 de marzo de 2016

Orden y tranquilidad

por Colectivo Juguetes Perdidos
extraído de su libro ¿Quién lleva la gorra? (Buenos Aires: Tinta Limón)

Orden no es lo mismo que tranquilidad. Orden se le pedía al Estado moderno (orden frente al caos económico, político, público). Orden remite a un concepto Político. Tranquilidad habla de las vidas anímicas. Desear tranquilidad social no es lo mismo que pedir orden público. La primera incluye lo público pero no se reduce a esta dimensión: se pide tranquilidad en las calles, en el barrio, pero también en el interior de la casa, en los vínculos familiares y sociales, en la propia vida. Nosotros, casi todos, tenemos problemas en nuestras casas, y a veces uno sale para distenderse y se termina metiendo en un problema peor (...) No sabés qué hacer, porque estás en tu casa y tenés un problema y salís, y los gendarmes te paran por cualquier estupidez y... 



¿Qué nombran los pibes cuando hablan de estar tranquilos? ¿Qué pasa en sus vidas y en los barrios que los llevan a pedir calmar los ánimos?

La tranquilidad no remite a algo sostenido en el tiempo, sino que parece hablar de un equilibrio momentáneo, de una percepción del cotidiano que se aquieta en la pura contingencia. Pedir tranquilidad y no orden puede ser asumir que no hay operación necesaria ni lugar legítimo desde donde "ordenar", que en las calles del barrio nunca se borra lo contingente, lo imprevisto.

El adentro y afuera de las casas de los pibles estalló. Los quilombos no tienen fornteras claras entre lo alguna vez llamado público y privado, se los vive de a muchos y de múltiples formas. Ya no existe el barrio como lugar de confianza, de contención, el barrio como ambiente. No sentirme en mi propia casa o en mi propio barrio es la regla de los desambientados, los que van siempre atentos a cualquier secuencia que rompa o mueva los límites endebles que separan una casa de la otra, una calle de la otra, una vida de otra, un destino de otro. (Y los desambientados no son sólo los pibes).

Hay que andar todo el tiempo recalculando tanto en ele barrio como en los trayectos por la ciudad; y lejos de algún "contrato barrial" más o menos estable, las formas de vida cambiaron hace rato, y se multiplicaron. Se dan muchos modos de rebusques, frente al mercado pero también frente a quienes conviven con vos.

No generan confianza ni ordenan nada las mesas de seguridad barriales en las que algunos vecinos de larga data diagraman precarios mapas de peligrosidad; tampoco entrar en los movimientos de la transa les ordenan de alguna manera la vida a los más mandados; ni tampoco da refugio la esquina... Cada espacio que arma su propio ambiente no safa de quedar expuesto a un afuera sin límites. De ahí la imposibilidad de entrever un orden barrial. Lo que queda es generar algo de tranquilidad.

Y no sólo los adultos alimentan los deseos colectivos de paz social. El pedido de tranquilidad es también activado por los pibes, aunque con otros tonos y otros significados. Implica bajar el ritmo vital, una necesaria tensión social momentánea. Tranquilidad para los pibes es sinónimo de bajar y permanecer en silencio, frente al ruido y al agite de la vida loca. Un pasaje de la velocidad de la vida a puro ritmo (vida personal y social) a la lentitud del reflujo mudo que resguarda y protege los estados de ánimo. Por eso el pedido de tranquilidad social muchas veces conecta al barrio entre sí, aunque qué signifique estar tranquilos sea un motivo de disputa y de constantes resignificaciones. También conecta al barrio con la ciudad toda ese pedido de tranquilidad. Flujos de la economía anímica de la que participan todas las subjetividades precarias.

En los barrios es casi imposible acceder a las maquinarias del poder terapéutico que cotidianamente operan para mantenernos a flote y aferrados. Hay exposición permanente de los pibes al infinito, al afuera abierto de la locura y el muleo. Y en la exposición en carne viva, sin las protecciones que otorga la moderación medicalizadora, todo irrumpe sin filtro; los desbordes de la vida personal, la violencia del barrio, los quilombos familiares, el verdugueo gendarme, la indiferencia de la ciudad. Todo afecta sin mediaciones, y a veces se vuelve urgente la necesidad de tranquilidad para poder retrotraerse y defender esa llamita anímica que aún no se apaga.